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El problema no es sólo que gane la extrema derecha, el problema se diga o no, es que tenemos que convivir cada día con personas que piensan que hacen bien votándole a Le Pen. El problema es que se piense que votarle a Le Pen (o a Berlusconi) es normal.

Se puede estar equivocado en muchas cosas, se puede discutir casi lo que sea, interminables reglamentos, aburridos estatutos… pero hay cosas que indiscutiblemente están mal. Está mal la visión de las cosas que nos lleva al enfrentamiento, a la desigualdad. La vision de las cosas que genera la injusticia que luego deja ver su rostro por las calles. Está mal creer en las élites y no terminar nunca de fomentar la división de la sociedad en clases irreconciliables. La democracia está enferma. Nosotros tenemos que defenderla. Comencemos a luchar en silencio.

Llevo un año aquí y no lo había oído. Mi compañero me asegura que cada día suena igual, siempre a la misma hora, siempre la misma máquina, de lunes a viernes, todo el año.

Hoy he parado, he cerrado los ojos, he dicho basta. En medio de la oscuridad, he conseguido oír por primera vez los ruidos de las máquinas que me rodean.

Me he levantado y me he ido. No pienso volver más.

Duermes, pero quisieras no hacerlo y extender el día. No por otra cosa, sino porque el día no ha significado nada, —puro intervalo entre desplazamientos y tomas de decisiones—. Perdido en el mundo sin un manual de instrucciones, ilusionado por nada, deprimido por todo. Robinson en un mar de almas que vagan sin rumbo entre la selva de la ciudad. Y a pesar de todo, tranquilo, porque ni todas las descripciones del horror cotidiano juntas pueden contra tu defensa imbatible de la alegría. Por esto vives. Por esto puedes querer.

Llevo unos años dando clases de informática, en este tiempo habré tenido unos diez grupos de alumnos, no es una gran experiencia, pero me ha dado tiempo de fijarme al menos en una cosa. probablemente, lo que he aprendido estará tremendamente bien explicado en cualquier manual de psicología social de tercera fila, así y todo, me gusta haberlo visto y vivido, quiero ver y tocar las cosas que puedo leer (entiéndase en que medida, tampoco se me ocurre hablar con Gandalf y huir de los orcos).

¿Se han dado ustedes cuenta? nos repetimos… a veces cierro los ojos en clase y oigo las mismas expresiones, las mismas carencias, los abro y reparo en que me han cambiado al personaje… Esta vez el gritón es gritona, la cachonda cachondo, y el joven con granos que te pregunta, para cogerte desprevenido, que significa el tercer parrafo de la página 236 del aburrido manual del programa, tiene cara y cuerpo de señora de cincuenta años… pero vamos, más alla de eso, poca diferencia… toda nuestra cultura de la individualidad, de la exclusividad, del ser único e irrepetible, se nos viene abajo… los mismos tontos, las mismas tonterías y el mismo profesor que repite las mismas aburridas bromas.

Ahora piensa que todo esto no es más que una mentira, que he estirado un intuición para convertirla en teoría, quizás tengas razón, quizás no… tampoco importa… ríe mucho y duerme bien esta noche.

Hay inagotables razones para deprimirse mirando alrededor.

Mientras casi la totalidad de la gente de nuestra especie vive peor que mal… destrozamos el planeta y nos matamos unos a otros por cualquier tontería. Es bastante normal, por tanto, que lleve toda la vida enfadado.

Cualquier sensibilidad mediana flaquea leyendo el periódico, no puede comer viendo las noticias y es incapaz de soportar un paseo por los suburbios. Era de lo más lógico que durante todos estos años, insultara a los políticos, llamara fascistas a mis compañeros de trabajo, y discutiera con mis mejores amigos.

Marginado entre los marginales he terminado cansado. Cansado de decir no, de negarme a sonreír, de pelearme con todos los amigos de todas mis novias… Cansado, cansado, cansado.

Ahora, busco.

Lo que verdaderamente me gusta es mirar. Me encanta mirar, y me emociono cuando encuentro otra mirada.

Por esto, por esta sencilla razón, me gusta hacer fotos, y ver fotos, hacer películas y ver películas. sería capaz de ver películas en las que no “pasara” nada, sólo quiero ver como pasa el mundo delante de la mirada de otro. ¿cómo hubiera visto Pessoa las calles de mi pequeña ciudad? ¿en que se fija Paul Auster cuando pasea por las calles de Saint Germain? ¿como miraría Gandhi Nueva York? Sueño con saberlo, y mientras, encerrado en mi pequeña isla, me imagino personajes y recorridos por las calles del mundo.

La proximidad de la tragedia, y la terrible convicción de que en la mayoría de los casos uno muere haciendo, o diciendo, una estupidez cualquiera.

Una tragedia es eso que pasa cuando tu ciudad de provincias sale en los periódicos importantes de tu país.

Hace días llovió demasiado en esta isla en la que casi nunca llueve. Murio gente. No hace falta que diga que la isla es Tenerife, que la ciudad es Santa Cruz, pasó lo que pasa siempre: casas mal construidas, en lugares en que no pueden construirse, falta de planificación… y como repetían con gran originalidad las televisiones locales: “de nuevo la naturaleza demuestra ser más poderosa que el hombre” todo un gran clásico de la filosofía para digerir con el almuerzo. Pero eso ahora no importa, no era de eso de lo que quería hablar. Vuelvo a lo primero ¿qué cambia cuando te das cuenta de que las grandes tragedias -y claro también las grandes hazañas- se sufren, y se hacen, en cholitas de andar por casa?

Fotos de las riada del 31 de marzo

Yo no sé nada… es siempre un recurso fácil… ¿Cómo podría, sin embargo, escribir sobre danza, sobre danza contemporánea, si en verdad no sé? y sin embargo quiero escribir, tengo la necesidad de hacerlo. sumido en la oscuridad de la pequeña sala del Teatro Victoria, hoy, esta noche, hace sólo un rato, pensé que lo que hacía aquel chico tenía un sentido, que aquella serie de gestos sostenida sobre una musculada pero armoniosa expresividad me estaba diciendo algo… la reiteración de movimientos, de sonidos, el cuerpo sometido, arrastrado… y pensé, y sentí… y ahora, ahora no voy a decir más.

Paseo rambla abajo, ahora vivo en una ciudad pequeña, en una isla del atlántico, paseo rambla abajo y le cuento mis sueños a una amiga, y llego cansado, cansado de contar siempre lo mismo, cansado de que incluso mis sueños sean predecibles. Paseo rambla abajo. Paseaba. ahora, escribo.

Dos chicos caminan por una calle, uno mira al suelo, quizás buscando algo en el vacío que se extiende de su cara a las baldosas, el otro mira a la derecha (y en este mirar hacia un lado hay toda una pequeña historia: el reflejo de la luz en la luna de un coche le hizo apartar la mirada del frente, el giro fortuito le llevó a encontrarse con el escote de aquella chica, que ahora se aparta de la escena, pero que hace unos segundos recogía un bolígrafo del suelo).

Yo miro a estos chicos unos metros más atrás; el sol de la mañana les da de frente y sus sombras alargadas llegan hasta mis pies. Pongo una rodilla en el suelo, y aprieto el disparador.

Ésta es la descripción de una foto. No hay nada de lo que una foto dice porque no la ves. Aparecen algunas de las cosas que el encuadre limitado de la cámara hace desaparecer.

Uno de los chicos de la foto es mi hermano. Todo mi amor por él no aparece en la foto.

Debo seguir disparando.