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La sociedad del espectáculo

Un día, hace unos tres años, volvía del trabajo en la guagua, cansado, frustrado, dormido… con el coctel de sensaciones negativas que produce el trabajo y alimenta a los psicólogos y a los escitores de libros de autoayuda…

Venía leyendo intentas no sucumbir, seguir aprendiendo aunque tengas que trabajar 12 o 14 horas, intentas no contaminarte viendo la tele, seguir disfrutando de los atardeceres, leyéndome La sociedad del espectáculo de Guy Debord, un rollo que no entiende bien ni dios, pero que les encanta citar a todo los pedantes del mundo.

Venía pues leyendo aquel libro que pretendía explicarme de que iba esto, la realidad, el status quo, esta sociedad espectacular nuestra (que conste que el libro tiene sus virtudes), en un lenguaje bastante retorcido… y de pronto interrumpió mi lectura un conversación:

Dos chicas que estaban detrás de mi y que parece que acababan de casarse hablaban de sus cocinas, de Los venezolanos, del Centro comercial del mueble, de El baño barato… yo sucumbí al poder de sus palabras, cerré los ojos, y durante un buen rato escuché lo que contaban, imaginando como eran sus vidas, como eran sus caras, como eran sus casas… abrí los ojos y miré hacia atrás… ellas asustadas dejaron de hablar y me miraron, yo les dije cualquier cosa… me di la vuelta, miré la portada del libro, abrí la ventanilla y le devolví la libertad… dos paradas después no pude sostener la tensión, me despedí tímidamente y me bajé de la guagua.

—Las chicas por supuesto, habían seguido hablando—, sonreí, mientras veía como se alejaban, desde aquella parada en medio de la nada, porque me di cuenta de qué tenía que hacer, y de cómo tenía que hacerlo…

Tenía que luchar contra la miseria y contra la desigualdad, usando una belleza hecha de un compleja sencillez que se explicara a si misma… que iluminara la vida de aquellas chicas y permitiera a aquel joven seguir leyendo tranquilo.

Ahora trato de hacerlo.

Eres libre porque estás perdido… una frase de Kafka que nunca terminaré de comprender.

Estás perdido en el desierto y debes elegir, eso es ser libre: decidir.Decidir sabiendo que puedes equivocarte, que al fin y al cabo siempre te equivocas porque cualquier decisión tiene algo de equivocado.

Ser libre exige elegir nuestro destino con responsabilidad, aunque sólo sea por el hecho de que nuestra desorientación y nuestra situación angustiosa nos obligan a ello. Quizás lo que consideramos una virtud no es más que una triste necesidad producto de nuestras carencias y de nuestra pequeñez, debemos ser libre incluso a nuestro pesar. Estemos orgullosos de serlo.

Aristócratas conscientes de nuestra miseria nos decimos: dios no es libre, nosotros sí.