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El sol te llena de energia, pero debes retirarte.

Un paseo por la sombra te proporciona la vida necesaria para usar la energia que encontraste en la luz.

No sé de donde vienen estas frases, pero me despierto y ya las tengo en la cabeza, me da un poco de miedo es como si me estuviera dando por el misticismo, y que quieren que les diga, no soy ningún tipo místico precisamente. Tanto ir y venir solo a la playa me ha dejado un poco tarado, nada que como siga así ya me veo traduciendo al idioma de las gaviotas a espronceda por ejemplo, qué horror.

Lo único bueno de estos días en los que deciden cambiar la hora, es que te das cuenta de que hasta el tiempo, tan serio, tan inamovible, es pura convención.

finalmente
ésta es tu vida
entiendes menos el inglés de lo que otros piensan
y nunca has visto un amanecer en nueva inglaterra
aunque te empeñes en repetirlo
de hecho
lo más cerca que has estado del gran gatsby
fue el día que mordiste
el lomo de tu edición de bolsillo

Pensaba escribir la crónica intermitente de un joven urbano posmoderno pero por el camino encontré el diario de un niño que se sorprende en la playa y no he podido dejar de leerlo. Imaginaba notas sobre diseño, cine independiente, decoración, un poco de pedantería y un poco de inglés usado como sólo puede usarlo una persona que no conoce esa magnífica lengua. La arena que no puedo quitarme de los ojos me ha permitido ver el error. Estoy convencido de que este viento que sopla en la costa y el salitre, terminarán hasta por cambiarle el color a la página. Soñé en gris pero veo azul. Huelo a mar, aceptémoslo, no quiero sumergirme en la corriente de la moda, ni perderme en sus afluentes, los ríos son magníficos animales, pero yo no los conozco. No sé nada del mar pero es lo único de lo que intuyo algo.

Recorre muy despacio la playa, cada día, todos los días, cuando llueve, cuando hace sol, cuando hay mucha gente, cuando no hay nadie. Creo que es muchísimo más feliz cuando la playa está vacía, porque si hay gente se convierte sin quererlo en el centro de la atención, y no parece de ese tipo de personas que disfruten exhibiéndose. Ni la fortaleza y la agilidad de los inmensos jugadores de ese sucedáneo de voley que se juega en la playa podría con la entereza de este hombre. Tiene las piernas fuertes, la piel curtida por el sol y anda recogido sobre un bolso negro en el que lleva sus cosas. Sus pasos son tan cortos que apenas parece que camine, sin embargo transmite fuerza, y una seguridad que derribaría imperios. Yo lo veo de brazada en brazada, me gusta observarlo de esa manera interrumpida en la que observo las cosas cuando estoy nadando, admiro su esforzado paseo y sueño con tener alguna vez la mitad de su constancia.

Ahí tiene una de las cosas más puñeteras que he descubierto sobre las emociones humanas y lo traicioneras que llegan a ser: que por mucho que uno deteste un sitio en cuerpo y alma, puede echarlo muchísimo de menos. Por no hablar de cuánto puede echar uno de menos a alguien aunque lo odie con toda el alma.

JG. en El secreto de Joe Gould, de Joseph Mitchell

gritar

0.- ¿Tú eres uno más?
1.- Claro
0.- ¿Claro?
1.- Claro, claro, los otros también, todos son uno más, y luego se van sumando, dos, cuatro, once, seis mil millones.
0.- ¿Y por qué gritas en la calle?
1.- Quizás esto te parezca demasiado rebuscado, pero es un grito producto del hastío del anonimato.
0.- Sí, es demasiado rebuscado, pero tú eres así, sigue.
1.- Caminas calle abajo, esperas el metro, aguardas tu turno en la cola del banco y delante y detrás de ti, están los otros. Masas sin ninguna pinta de rebelarse. La comunicación es imposible. Nadie escucha, nadie habla. Creo que sólo se puede hablar en voz baja con unos pocos. Lo único que puedo hacer con toda esta gente es gritarle.
0.- Ya ¿Y se paran a escucharte?
1.- No, ni siquiera me miran

La playa me ha proporcionado unas experiencias que están fuera de las categorías que normalmente uso, las categorías en las que caben la mayor parte de las cosas cotidianas. Hacer fotos me gusta, me divierten algunos zapatos, con algunas películas lloro. En la playa, me quedo mudo.

Pienso en la playa en invierno, en la playa cuando llueve, cuando hace frío, cuando comprendes lo que significa nadar a contracorriente. ¿Es la playa todo? La playa es una frontera, la última frontera con un mar que siempre hemos temido, una delgada línea frente a una inmensidad incomoda para nuestros cuerpos minúsculos e indefensos.
Nadar en el mar completamente solo me ha hecho comprender muchísimas cosas, nunca sabré explicar con palabras todo lo que allí he aprendido. Yo soy ateo, pero si dios existe, está en el mar.

One, two, three, Metro Goldwyn Mayer, Billy Wilder, 1961.

Un ejecutivo de Coca-Cola en el Berlín Oeste de la Guerra Fría intenta impedir la boda de la hija de su jefe con un joven comunista.

Me acuerdo de esta película hoy después de haber criticado Minority Report porque me pareció un anuncio. ¿Estamos hablando de lo mismo? ¿Qué hay de nuevo en la película de Steven Spielberg que no apareciera en la de Wilder en la que Coca-Cola siempre está presente? ¿Y qué hay de malo? Creo que es bastante sencillo, se puede hacer una película en la que en todo momento aparezca una marca, en la que la marca, aunque sea una marca real y conocida por todos, sea parte de la historia, pero no se puede introducir de modo descarado un publireportaje de un coche en una película por el simple hecho de que la Toyota nos sepulte con dolares. Eso no es cine, se hacen demasiadas concesiones y algunas afectan al desarrollo narrativo, contaminando el discurso fílmico. Spielberg que es un genio del montaje lo sabe de sobra.

Ayer fui al cine a ver varios anuncios, uno de coches, otro de teléfonos móviles, y así una larga lista. Estaban rodados con el acostumbrado derroche de medios y originalidad al que nos tienen acostumbrados los publicistas. En los intermedios, además, podías ir viendo fragmentos de una película de Steven Spielberg protagonizada por Tom Cruise. Me gustó bastante la idea, le comenté a mi amiga que eran los mejores anuncios que había visto hace tiempo. ¿Soñarán los androides con relojes Bulgari?

(sustituye este texto por lo que consideres oportuno, luego, tíralo a la papelera)

Venía decidido a escribir sobre las virtudes del olfato. Oler, oler evoca, provoca, y hasta alimenta. Pasas delante de una panadería y comes con la nariz. Pero no puedo hablar de las virtudes de este sentido porque lo que veo en las noticias del mediodía aparte de tocarme las narices, me deja con la boca abierta y me impide cerrar los ojos.

Toda esta gimnasia facial inesperada, convierte en inalcanzable el sencillo placer de disfrutar del olor de las napolitanas de chocolate. ¿Está la cosa tan fea como yo la veo? ¿O será que la tele deforma a la vez que informa?

Sin contradecir lo aprendido con Larra, “este país” se está conviertiendo cada vez más para mí en, “ah sí… aquel país”, un espacio con el que no quiero ni que me relacionen. ¿Quién escribe este guión tan malo? ¿A quién se le ocurrió esta película deprimente de boda en el escorial, banderas kilométricas, fascistas que suben a los cielos y el aserejé sonando en la radio? ¿No hay aquí nada más ni mejor que la estética del corte inglés, la vuelta del peinado macho y la mujer mujer? ¿Y que decir de toda esta morralla televisiva que nos esté devolviendo en lo estético al flanco derecho del tardofranquismo?

Me voy, me voy de este lugar, probablemente un sitio como otro cualquiera, lleno de gente maravillosa que hace cosas magníficas, pero que yo no aguanto más, no hay quien viva aquí, tengo el alma manchada y eso que no creo en ella. Este lugar sigue siendo un páramo y todavía quedan muchos exilios.

Tengo la sensación de que me estoy perdiendo el mundo, me aparto irremediablemente de eso que solemos denominar realidad. Y no, no me fui a los bosques, ni he estado tomando decisiones trascendentales para la continuidad de la vida en el planeta; este tiempo lo he empleado en elegir entre tonos de gris y tamaños en pixeles.

Llevo semanas peleándome con el javascript, y cansando a todo el mundo con mis apreciaciones sobre el desarrollo experimentado por las páginas personales en este último año. Seguro que si ahora me toca el cartero, le diré que pase, lo sentaré frente a la pantalla y poniendo una cara muy seria, le preguntare que piensa de los colores de la barra de navegación y si le parece que no he cometido una locura por usar capas en vez de tablas. Sin dejarle hablar, trataré de averiguar la resolución de su monitor, para luego preguntarle si le parece correcto que haya alterado sustancialmente la forma de las barras de desplazamiento. ¡Para mi es importante! -comentaré en voz alta- Que no parezca un mero juego estilístico sino un avance en el control de la visualización, un intento de escapar de las imposiciones que las compañías que desarrollan los browsers nos imponen a los diseñadores.

En ese momento me haré cargo de la situación, le pediré perdón al hombre, lo despediré cortestmente, pondré otra cafetera al fuego, y me sentaré a corregir el código. ¿Me habré alejado del minimalismo que pretendía encontrar? ¿Es demasiado licencioso poner el código css dentro del html y luego en otra parte de la página referirlo a un archivo? ¿Si intento pasar la validación de w3.org y me devuelve demasiados errores? Debería…

¿Existe otra cosa que no sea mi página web?