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Estaba en el aeropuerto oyendo a astor piazolla y comencé a llorar… hasta ese momento todo había pasado rápido, muy rápido, el sueño de venir aquí, los preparativos, el trabajo… no había tenido tiempo de pensar ni en lo que estaba haciendo… con esa canción maravillosa que se llama oblivion me di cuenta… fue un llanto positivo, a veces las lagrimas son un producto de limpieza eficiente, me dije a mi mismo, bueno tío, esto has sido, esto has vivido ahora debes seguir… terminó la canción de piazolla y comenzó una de philip glass, esto me lleno de fuerza, entonces ya estaba avanzando por el pasillo hacia el avión y aunque cada paso me unía más a la tierra que pisaba me hizo tambien ser mejor para imaginar que mi tierra no termina en esa isla, y por supuesto tampoco en esta.

En el avión lei un artículo de Luis Landero del que rescato este parrafo:

En castellano hay un jeito que, según la Academia, significa ‘red para la pesca de la anchoa o la sardina’. Pero el jeito que usaban mis mayores, como llegué a saber mucho tiempo después, era una palabra tomada en crudo del portugués jeitu, que significa ‘disposición, actitud, gesto, modo, manera, con que se hacen las cosas’. Una palabra muy sutil, una obra maestra de la semántica: el producto decantado por muchos siglos de vida y de refinamiento cultural. De ahí proviene el gallego xeitoso: ‘gracioso, gentil’. [digo yo aqui, tambien el canario] Hacer las cosas con jeito es, por consiguiente, hacer las cosas bien, con gentileza, y no tanto por un interés inmediato sino porque sí, por el puro gusto de hacerlas bien, por oponer a la brevedad de la vida y al caos del mundo la apariencia de un orden o de una belleza perdurables, o simplemente por la satisfacción de poner lo mejor de uno mismo en lo mínimo que se haga, como dice Pessoa.

Estas palabras de Landero me inspiraron, y me animaron a continuar haciendo lo mejor posible con estos días que voy a estar por aquí

La ciudad no me dice nada, puede que esté gritando cosas maravillosas, pero yo ya no la oigo. La atravieso de noche en la moto, como tantas otras veces, pero esta vez no siento nada, me concentro en el ruido del motor, en las luces, pero imponiéndomelo como ejercicio, la naturaleza me dice cosas muy distintas. Vacío, silencio, un terrible silencio, y la triste pero liberadora sensación, de que toda esa gente que sostiene a la ciudad con sus risas, sus borracheras y sus gemidos, ya no puede aportarme nada.