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Segunda semana en mi nuevo trabajo. Viajes en tren, atardeceres desde la ventana del vagón. La conciencia de la luz. Tu mirada tratando de traspasar las almas mientras el tren atraviesa un bosque. Un libro es una escudo perfecto para mi voyeurismo casi enfermizo, y con estas dos horas obligadas de lectura, he conseguido saldar una antigua deuda conmigo mismo: he terminado de leer Justine, de Lawrence Durrell. Sigo sin saber que es la vida, pero siento que ahora está más ordenada por el trabajo y más alterada por el sabor de Alejandría. Tengo la boca llena de sal. Tantas horas escribiendo código deben tener alguna consecuencia en la manera de ver, de sentir, el resto de las cosas. Notas aisladas, quizás yo sólo sé escribir notas aisladas.

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