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Este señor de la foto es un rey africano (y decir lo último sobra, porque desde luego que no tiene ninguna pinta de rey sueco). Más concretamente, es el monarca de Oussouye y otros nueve pueblos cercanos, en el sur de Casamance, Senegal.

Nigel Barley, el antropólogo inglés autor del libro que no he parado de recomendar este viaje, comentaba que uno de esos extraños privilegios de ser antropólogo es que puedes permitirte decir cosas como: “¡Llevadme ante vuestro rey!”. Yo no soy antropólogo, pero recordé la frase cuando Benjamin propuso que fueramos a ver al monarca de Oussouye.

Visitar a un rey exige un cierto protocolo, primero tratas de concertar la cita con los cortesanos, si éstos te aceptan, tras el pago del “impuesto real-revolucionario”, tienes el privilegio de que te reciba en su palacio.

Pongámonos en contexto: los cortesanos eran unos hombres de unos cincuentas años, con camisas de flores y gafas de sol, y estaban sentados en un muro cerca de la gare routiere de Oussouye. Me parecieron una curiosa combinación de señores de pueblo y agentes de una operación encubierta de “Corrupción en Miami”. Pensaba en eso mientras me miraban de arriba a abajo, hubo química, y me permitieron ver al monarca. (Me temo que a este rey lo termina viendo todo quisque, pero el protocolo es el protocolo). El palacio es una zona boscosa en la que tiene su choza, vive solo.

Caminamos unos metros por la selva, llegamos a un claro y nos invitaron a sentarnos en unos troncos envueltos con un plástico azul (la realeza siempre tiene estos detalles). Allí esperamos.

Uno de los cortesanos de camisa floreada apareció con un pequeño taburete de madera y tras él se desplazaba el majestuoso rey ataviado con una preciosa túnica roja. En su mano, el cetro.

Una vez que el rey se sentó, comenzó el diálogo. Mi diola no da para mucho, por lo que tras el saludo recurrí a los servicios de traducción simultánea español-diola/diola-español del señor Benjamin Sambou. Esto contribuyó notablemente a que la situación fuera más divertida.

–Benjamin, dile al rey que le agradezco mucho que nos haya recibido. (Benjamin traducía, yo observaba con cara seria a lo Livingstone, supongo, y el rey nos daba un discurso que era también traducido.)

¿Qué le pregunta uno a un rey? Mi amigo me había orientado y creo que mantuvimos entre los tres un interesante diálogo. Es un gran hombre.

–Benjamin, pregúntale al rey si es feliz.

El rey antes de ser rey trabajaba en la hostelería (en los resorts franceses de la costa), y extrañaba esa época en la que ganaba algo de dinero y podía actuar y desplazarse libremente.

Ahora no puede ir en coche, por lo que si tiene algún acto en un pueblo tiene que recorrer esa distancia a pie (con toda la pompa que uno puede imaginarse). No puede salir del palacio, y si por ejemplo, quiere ver a un amigo, tiene que hacerlo llamar (–¡Que me traigan a Manolo!). Tiene dos mujeres, que lo visitan por turnos. (Aunque ya estaba felizmente casado, tras su nombramiento contrajo de nuevo matrimonio para que su nueva esposa pudiera ser reina.) Y así una larga lista de normas y protocolos.

Oficio duro el de rey de Oussouye. (El cargo es vitalicio).

[Ya habíamos comentado que la tribu Diola no es nada jerárquica, hay reyes pero nunca han mandado demasiado. Dan bendiciones y participan en actos protocolarios, pero poco más. Los reinados se van turnando entre familias. No me extiendo porque no me he documentado lo suficiente. Si alguien tiene más información sería un lujo que la compartiera en los comentarios.]

Tras visitar al rey volvimos a la gare routiere y alquilamos un taxi para que nos llevara hasta Elinkine, pasamos antes por Mlomp, un pequeño pueblo en el que no hay ni electricidad ni agua corriente.

Mlomp es el pueblo en el que nació Benjamin por lo que la visita consistió en ir parándose cada dos metros y mantener conversaciones en Diola. (Yo las traducía mentalmente al canario: mijo! cómo estás? tu mujer? tu madre? ya nunca vienes!). Tuve tiempo para despistarme y hacer algunas fotos de los maravillosos árboles que hay en la zona.

Los árboles africanos son impresionantes. Me moría de ganas de ver un Baobab, desde que de niño me leí El principito. Son increíbles, aunque lo que más me ha impresionado en este viaje son los Ceibas. Se siente uno pequeño en África, la naturaleza es poderosa, hay una fuerza que no entiendes, a la que no estás acostumbrado.

Una noche di un corto paseo y me quedé mirando hacia la selva bajo la luna y las estrellas, escuchando a los animales y a los insectos, oliendo todo lo que podía, sintiendo el calor y la humedad. Llegué caminando hasta una valla que en mi cabeza se convirtió en una frontera. Estaba a un paso de algo intenso, oscuro, fuerte, para lo que no estaba aún preparado. En el borde de algo nuevo. Volví con el rabo entre las piernas a la luz del campamento, pero reconfortado por lo que había sentido.

Tras la visita a Mlomp nos encaminamos a Elinkine, Llegamos al mediodía. Elinkine es un pequeño pueblo de pescadores en el que hay mucha gente de Ghana. Los senegales no pescan rayas y tiburones y los ghanienses sí. En Casamance (que yo sepa) hay dos poblaciones pesqueras en las que la mayoría de la población ha inmigrado desde aquel país, y se dedica a la pesca de estos animalitos. Elinkine, además, ha sido el punto de partida de muchos de los cayucos que, –si no se hundían–, arribaban a la costa canaria llenos de jóvenes huyendo de la impotencia. Me sentí mal al marcharme de esa playa, qué tristeza. Lo desesperado que tiene que estar uno para pagar una millonada y meterse en un frágil barco con destino incierto. (No puedo dejar de pensar en las semejanzas entre los barcos llenos de esclavos de hace medio milenio y estas barcazas que se hacen a la mar con jóvenes llenos de vida.)

Días después, en Saint-Louis, conocí a un joven pescador que había cruzado a España y estaba de vuelta, repatriado supongo.

Hay que estar en aquella playa llena de mierda, de pescado putrefacto y ratas muertas; con niños descalzos, apenas vestidos, escarbando en la basura y jugando en medio de un hedor insoportable, y visitar luego el sitio en el que viven estos jóvenes pescadores y escuchar en qué consiste su trabajo diario y cuánto les pagan, para entender (de lejos y en tu burbuja protectora) lo que es la desesperación. Admirarás toda la vida su dignidad y su nobleza.

[Escribo este párrafo un poco duro para recordar lo que he vivido. Las fotos no huelen.]

Esto lo escribí esta mañana en el aeropuerto de Casablanca, oyendo una maravillosa recopilación de tangos de Roberto Goyeneche que publicó el diario Clarín en 2005.

Los humanos somos capaces de crear maravillas, y aunque esto no es ninguna garantía (muchos nazis eran excelentes ingenieros, señores cultísimos y sensibles melómanos), sueño con un mundo mejor y trato de pensar cada día en qué puedo hacer yo para que sea posible.

Ya estoy en casa, comienza ahora el viaje por la vida cotidiana.

(Muchísimas gracias a todos por los comentarios de estos días, es un honor tener amigos como ustedes.)

Una niña en Djembering, Casamance, Senegal

“Toubab” is a Central and West African name for a person of European, North African or Middle-Eastern descent (“whites”). Used most frequently in the Gambia, Senegal, and Mali, the term does not have derogatory connotations by itself, though it is also frequently associated with “wealthy traveller” (if one can afford to travel, then he/she must be rich).

(Toubab, Wikipedia)

Esta preciosa niña es de Djembering en Casamance, se acercó a saludarnos cuando entramos en su pueblo, al que llegamos caminando desde Cachouane.

Sólo han pasado unos días y me parecen semanas. Despúes de Casamance estuve en Yoff como ya comenté, y finalmente tuve la suerte de entrevistar a Alex Corenthin (uno de los pioneros de Internet en África) en la universidad cheikh anta diop de Dakar. A la mañana siguiente de la entrevista tome un sept-place hasta Saint-Louis, en la frontera con Mauritania, y allí he pasado estos últimos días de mi primer viaje a Senegal.

Estoy bastante cansado, sentado en la cama con el portatil en las rodillas y mirando el mar por la ventana. (De nuevo en el Hotel Cap Ouest, que parece haberse convertido en mi base en el país.)

Hay muchas cosas que no he contado de este viaje, pero pretendo hacerlo en sucesivas notas. Ya no estarán escritas desde el terreno, pero no quiero dejar de reflejar en palabras las experiencias que he tenido y las cosas que he pensado. Tengo la sensación de que perderé algo si no lo hago.

Hace dos noches estaba tomándome una cerveza en el Club Flamingo, y mientras miraba distraidamente el paso del río Senegal bajo el puente que une la isla de Saint-Louis con la península, me dije a mi mismo: ¡Qué bueno, estoy aquí!

Hace años que quería ir a Saint-Louis. Creo recordar que después de ver unas fotografías aereas tuve una corazonada muy fuerte: tenía que ir a ese sitio. Compré una guía del oeste africano, hice planes, pero al final lo fui dejando de lado.

Hay algo poderoso en los deseos, en los sueños, algunos no se borran y nos obligan a hacerlos realidad. Es cierto que hay espejismos, pero también es cierto que es magnífico encontrar un oasis tras atravesar el desierto.

Si no has cruzado el desierto un oasis no es más que un jardín aburrido, pero si te has esforzado, es un destino cumplido, una recompensa.

Yo no me voy a poner muy interesante porque con la Visa en el bolsillo las aventuras no lo son tanto, por más que uno se empeñe en narrarlas como si fueran grandes hazañas. Pero en mi escala humilde de viajero junior, me siento muy reconfortado habiendo visitado por fin la ciudad con la que tanto había soñado.

En Saint-Louis reflexioné sobre la fuerza que obtenemos de sentir que algo es posible. A veces siento, que una simple pregunta que me hizo un amigo de Milán que estaba de paso por Tenerife, me cambió la vida: ¿Dónde vas a estar el próximo año? Bebíamos vino en la cocina de un piso que él compartía con dos chicas, y yo le respondí cualquier cosa. Luego no dejé de rumiar esa simple pregunta que unía tiempo y espacio (dónde/cuándo) y que me llenó de dudas. Existía la posibilidad de marcharse, de estar en otros sitios, en otros países, podía coger uno un mapa del mundo, elegir un punto, y aparecer allí, como en Star Trek. Esta posibilidad te fortalece, y también te reta.

Yo no soy un experto en la materia, pero parece que estar seguro de algo te aporta una fuerza enorme. Recuerdo que cuando era niño y no sabía nadar, mi madre me ponía unos manguitos hinchables de un color naranja chillón. Un día me tiré al agua sin hincharlos y nadé sin ningún problema hasta que mi madre dijo: Qué bien Tomy, puedes nadar sin manguitos, los tienes desinflados. Evidentemente luego me hundí hasta el fondo de la piscina y tuvieron que rescatarme.

La vida a veces es muy dura y nos pone en frente de situaciones que no provocamos, y que obviamente no esperamos, que nos hacen mucho daño. Sin embargo, cuando observo mi corta vida en perspectiva, me doy cuenta de que muchos problemas que he tenido los he generado yo mismo al negarme a avanzar, auto-negándome: no puedes hacer esto, no puedes hacer lo otro, eso es imposible, no lo vas a conseguir…

Vine a África porque sentía que se había terminado una época de mi vida, y sinceramente no sabía por donde continuar, y no me voy de África con la piedra filosofal, ni con la solución al calentamiento global, a la guerra, a la miseria o a la estupidez. Pero estoy muy feliz, y con muchísimas ganas de hacer cosas y aprovechar el precioso tiempo que voy a pasar en este planeta tan hermoso, en el que han vivido nuestros padres y vivirán luego nuestros hijos.

En un rato vuelo hacia Casablanca, donde hago escala durante unas horas antes de tomar otro avión hacia Barcelona.

Estos días he visto a muchos chicos mirando el mar, sentados en la playa durante horas enfrentándose al horizonte. Yo hacía eso en Tenerife, lo sigo haciendo en Barcelona, y me siento muy afortunado y muy agradecido porque he cumplido muchos de mis sueños y he tenido la suerte de coincidir con gente maravillosa que me ha hecho muy feliz. Me gustaría despedirme de este país con el deseo enorme de que estos chicos que he visto estos días mirando hacia el atlántico también cumplan sus sueños.

Me voy a la playa, un abrazo enorme.

En Cachouane, el lavabo del Campement Sounka

En Cachouane, el lavabo del Campement Sounka

Volví de Casamance a Dakar en autobus, atravesando Gambia. Un viaje de quince horas.

Nos despertamos en Cap Skirring antes de las seis y fuimos en sept-place hasta Ziguinchor, desde la ciudad tomamos un taxi hacia el aeropuerto. Nos habían dicho que había una plaza en un vuelo.

Era lunes y la ciudad arrancaba, mercados abiertos, ajetreo de coches y motos, legiones de niños y adolescentes yendo al colegio y al liceo. Todo envuelto en una luz preciosa que me mantenía pegado a la ventana del taxi mientras atravesábamos primero el tumulto de la ciudad, y luego una larga avenida de tierra flanqueada por ceibas inmensos.

No había billete, decidí volver por carretera.

En la gare routiere de Ziguinchor se respiraba miseria. Me fijé durante un rato en un chico prácticamente desnudo, tenía todo el cuerpo cubierto por un polvo gris e iba de un lado para otro pidiendo; en un momento alguien le dio un cigarro y comenzó a fumárselo mirando al infinito, no había nada en sus ojos; no puedo imaginar qué sentiría. Se me acercó un niño envuelto en un trozo de tela muy sucia que en una vida anterior había sido una camiseta del barça, era de la etnia Pular. Viven todos juntos en algún chamizo, y el resto de la historia es de las que hemos leído en las novelas de Charles Dickens, los extorsionan, les pegan si no llegan a casa con dinero.

Sinceramente te dan muchas ganas de llorar, pero llorarías tanto que tendría que pararse el mundo.

Llegamos demasiado tarde para que me fuera en un sept-place, pero luego milagrosamente apareció un autobus.

La gente se tiraba contra el vehículo, trataba de subirse y ocupar un sitio. Hubo una extraña peregrinación de personas persiguiendolo por toda la estación hasta que se detuvo. Luego comenzó la toma de la Bastilla. Benjamin negoció mi plaza y me presentó a un amigo suyo que también iba a Dakar: militar, católico, de unos cuarenta y cinco años. Viajé a su lado.

Me despedí de Benjamin con un abrazo muy fuerte, es un gran tipo, siento que volveremos a vernos.

En un autobús de cuarenta plazas metieron a más de sesenta, y en el techo el equipaje: maletas, sacos, bidones con vaya usted a saber que. Extrañé que subieran unas cabritas y unas gallinas, pero no hubo suerte. En cualquier caso, no ibamos demasiado apretados, he visto autobuses más llenos.

Estaba en la última fila, junto al amigo de Benjamin. A mi derecha viajó una chica con una niña sobre sus piernas, a su lado su marido (eran de la tribu Fula, el chico trabaja en un pueblo de Catalunya y fuimos hablando todo el rato). Al lado de éste chico se sentaban, uno sobre otro, dos adolescentes que eran los que se encargaban de cargar y descargar las maletas, un tercero iba tirado en el suelo en el espacio en el que nosotros apoyábamos los pies; había dos opciones, que él durmiera sobre tus pies o que le pisaras. Ninguna de las dos posiciones parecía disgustarle demasiado y durante un buen rato durmió como un bendito.

No quiero transmitir una imagen dramática, estaba de muy buen humor, observando todo con mucha atención y disfrutando de un homenaje a Bob Marley grabado de la radio (me di cuenta de este detalle la tercera vez que lo pusieron), el locutor comentaba las letras y luego cantaba en inglés con un acento francés muy marcado. De vez en cuando decía: ¡Brother Bob Marley!

Aquí los coches puede que estén muy destartalados, pero el radiocasete funciona que da gusto, probablemente como los speakers que vienen de serie no tienen (en términos africanos) la potencia adecuada, los han cambiado por unos mayores, como era el caso. Y lo sé porque yo lo tenía justo detrás de mi cabeza.

Veo gran futuro en la industria del tunning en África, aunque debería decir pasado, porque lo raro es que veas un coche que no tenga algo pintado o modificado.

Desde Ziguinchor hasta la frontera con Gambia hay una estrecha carretera de dos carriles, cada varios kilómetros hay militares apostados, pude contar dos tanques.

Suena a película de vaqueros, pero no es para tanto. Mucha gente con la que he hablado en Casamance me ha dicho que las cosas están mucho mejor que antes (la típica expresión desconcertante, porque tú no estuviste antes). Una cooperante alemana me comentó sin embargo que ella está viendo cosas que no había visto (y lleva en la zona desde los noventa), un bandidaje más agresivo. Yo no noté nada especial, lo más peligroso que me pasó fue que pisé un sapo muy grande y me dió mucho miedo, y luego en el autobus de vuelta temí que una señora con el culo muy gordo (muy gordo en serio) se me callera encima.

[El conflicto entre el gobierno y el Mouvement des Forces Démocratiques de la Casamance (MFDC) lleva casi treinta años en activo. Comenzó tras una manifestación independentista en Ziguinchor en 1982 en la que fueron detenidos y encarcelados los líderes del MFDC. Esta zona tiene una larga historia de resistencia que comienza en la época colonial, los franceses eran incapaces de controlar la sociedad Diola porque no es nada jerárquica y tiene un fuerte sentimiento identitario. La última rebelión, en 1943, estuvo encabezada por Aline Sitoe Diatta una sacerdotisa tradicional que fue detenida y encarcelada en Tombuctú (Mali), donde moriría más tarde. Hoy en día muchos colegios, tiendas e incluso el ferry que viene desde Dakar llevan el nombre de esta mujer.]

El autobús se iba parando cada rato y se subían señoras a vender cacahuetes, plátanos, naranjas y otra fruta de la que no recuerdo el nombre pero que sabía a rayos. (Me invitaron y me tuve que comer una con cara de: ¡mmmm, qué bueno!)

Llegamos a Gambia, se terminó la carretera y comenzaron los controles contínuos de la policía. Aquí entro en juego el amigo militar de Benjamin que me trató como a un hijo, se empeñaba en acompañarme a los controles o incluso ir directamente en mi nombre, que fue lo que hizo la mayor parte de las veces. En un momento desapareción con mi pasaporte y lo trajo de vuelta sellado. De regalo traía carne a la brasa envuelta en un papel e insistió en que me comiera más de la mitad. No hay quien mantenga la dieta en estos viajes, lo que es la vida moderna.

Tengo tantas anécdotas y recuerdos de este viaje por carretera que creo que las narraré en dos partes, además se me han quedado por el camino muchas otras historias: la visita al rey de Oussuye, los días en la isla de Carabane, una caminata por la sabana hasta Djembering…

Llevo dos días en Yoff, cerca de Dakar, disfrutando de la playa, de la comida, de las puestas de sol. Esta tarde ire a la Universidad Cheik Anta Diop a entrevistar a Alex Corenthin, un pionero de internet en Senegal. Mañana muy temprano ire hacia el norte, hasta Saint Louis, con muy poco equipaje. Quiero aprender a viajar sin nada, con las manos en los bolsillos, o al menos en la modalidad de mi hermano Jonay, que venía muchas veces a visitarme a Londres desde el norte de Inglaterra y lo traía todo en una bolsa del supermercado.

Algo me ha pasado en los fusibles tras cruzar Gambia, no consigo que se me quite la sonrisa de la cara, creo que nunca en mi vida había estado de tan buen humor. Empiezo a moverme de otra forma, con muchísima comodidad, con calma.

Siento que estar en África me ha devuelto a una persona que había perdido hace mucho tiempo, me he vuelto a reencontrar conmigo.

Cuánto tiempo pierde uno creándose enemistades imaginarias, criticando a los otros, envidiando, mintiendo. De qué poco sirve. Con lo bonito que es abrir los ojos por la mañana en este mundo y ver a tu lado a la persona a la que amas, poder hablar con un hermano, acariciarle la cabeza a un niño y que te mire sonriendo, compartir un atardecer con unos amigos. Todo eso es gratis y pasa delante de nuestras narices mientras nosotros estamos haciendo complejos cálculos sobre que pensaran los otros o nos cogemos una depresión porque no tenemos la última versión del último cacharro.

Y no es que vaya a volver a Barcelona descalzo o que vaya a tirar este ordenador portátil desde el que escribo, pero creo que ha llegado el momento de poner las cosas en su sitio.

Los quiero mucho, gracias por leer esto.

En Cachouane, Casamance, Senegal, con Lissa

En África hay que armarse de paciencia. Uno tiene que aprender a retirarse a sí mismo mientras mantiene el tipo y la sonrisa. Aquí los tiempos son distintos y los saludos interminables. Lo que nosotros solucionamos con un breve y seco “hola”, a ellos puede ocuparles cinco minutos (por ponernos optimistas).

En Diola, que es la lengua del pueblo del mismo nombre, mayoritario en Casamance, el ritual transcurre de la siguiente forma:

a. Kasumay (¿tienes paz?)
b. Kasumay valé (paz tengo)
a. Aubay? (De dónde vienes? / De dónde eres?)
b. Inyee Barcelona (Vengo de Barcelona / Soy de Barcelona)
a. Katabo? (Cómo está la gente de ahí?)
b. Conbukubo (Están bien)
a. Budukane? (Cómo estás?)
b. Kasumay vale (paz tengo)
Aubudukane? (Y tú como estás?)
a. Kasumay vale (paz tengo)

Este diálogo se puede continuar de muchísimas maneras, se pueden incluir por ejemplo otras preguntas como éstas:

a. Bañila bu bubukane? (¿Cómo están los niños?)
b. Conbukubo (Están en casa. Esto significa que están bien.)

a. Kayaibú? (¿Cómo te llamas?)
b. (Inyee) Kayaom Tomy ((yo) me llamo Tomy)

Para completar, se puede volver al Kasumay inicial y entonces, con toda la energía renovada es posible comenzar un segundo diálogo con preguntas parecidas, chistes y anécdotas varias.

Me imagino que situaciones y ceremonias semejantes eran muy frecuentes en Europa hace no tanto tiempo, verlas aquí en directo es un placer.

[“Diola” se pronuncia “Yola”, según mi versión y “Joola” según Benjamin, pero cada vez que le digo que vuelva a repetirlo yo escucho “Yola”. Entiéndase que la transcripción fonética del diálogo anterior es mía y que muy probablemente no será fidedigna. El Diola además tiene muchísimas variaciones.]

Escribo este texto en Cachoaune, a la sombra, apoyado en una mesa de madera de teca, mirando el río Casamance, con una avispa negra african-size merodeándome y con una niña de unos cuatro años que se llama Lissa colgando de mi cuello (bueno, en realidad no para de moverse: también se pone a apretar las teclas del portatil, a ver mis libros, a cambiar de sitio los papelitos que tengo en la moleskine, y todo por supuesto sin separarse ni un centímetro de mí. Me dan ganas de tener niños y todo).

[La foto que encabeza el texto la ha hecho Benjamin]

Ahora he dejado a Lissa entretenida pintando patitos y casitas en la moleskine y puedo seguir escribiendo. (Intento no molestarme con el hecho de que escribe en cualquier parte e incluso tacha algunas cosas que yo he escrito, esto me recuerda al comienzo de Justine de Durrell, siempre te agradeceré Miguel, que me hayas regalado aquella edición preciosa en inglés).

Han pasado muchas cosas (en África siempre pasan cosas, ya lo sabían los romanos que incluso tenían una frase hecha, tomo la cita del libro de Barley: Quid novum semper est Africa?), he estado también un poco malo del estómago y la noche de fin de año me retiré pronto. Me he repuesto muy rápido, no sé si por las medicinas occidentales o por un zumo de baobab que me recomendó Benjamin.

No he presentado a Benjamin Sambou, mi amigo y guía por la Casamance.

Benjamin es profesor de secundaria y en los ratos libres orientador de blanquitos despistados, tiene un año más que yo, 34, y acaba de casarse (bastante tarde para ser senegalés). Es licenciado en filología hispánica y habla por tanto un impecable español que comenzó a aprender de niño con los monjes escolapios, que tienen una misión por aquí. Tiene además conocimientos de lingüistica africana (estudió algo de esto también en la universidad) y es un placer hablar con él de las diferentes lenguas de la zona.

Nos hemos hecho amigos muy pronto y discutimos todo el rato, de forma muy amigable y sana, sobre política y religión (él es católico practicante y participa activamente en la iglesia de Oussouye con su mujer que también es católica). Ha sido una enorme suerte encontrarlo.

Estos días no he podido escribir mucho porque no tenía batería en el portátil (al final, la vida es eso que pasa mientras te vas creando dependencias). Por otra parte, en la isla en la que estaba no encontré conexión a internet.

La historia, se había detenido en el barco hacia Ziguinchor…

El viaje en barco se me pasó rapidamente, pude dormir un buen rato, me desperté a las tres de la mañana y subí a la cubierta superior donde me recosté otro rato en un banco, me desperté con el viento y volví al interior para terminar de despertarme antes del amanecer, justo cuando nos acercábamos a la desembocadura del río Casamance. Fue un verdadero espectáculo, el sol saliendo y todos los que estábamos despiertos, de todos los colores y religiones fascinados con el amanecer. Comenzaron luego a aparecer delfines, que saltaban y jugaban entre ellos y con las olas que producía el barco, y aquello entonces se convirtió en una fiesta. Con qué poco nos contentamos y qué bonito es que sea así.

[Estoy perdido, Lissa ha vuelto al ataque y además ha descubierto como poner mayúsculas, las activa y las desactiva y se rie, además se le han unido unos cuatro o cinco compañeros de varias edades y aquí estoy tratando de entenderlos con mi francés pésimo y mi diola de tres o cuatro palabras. Terminaré este texto en la habitación, ahora voy a jugar con ellos un poco mientras espero la comida.]

Al llegar a Ziguinchor me despedí de mi amigo arquitecto y cogí un taxi hasta la gare routiere, (la estación que encuentras a las afueras de cualquier pueblo que se precie, y que contiene todo lo que pueda moverse y te desplaze a cualquier sitio), una vez allí el taxista me ayudó amablemente a encontrar un sept-place con destino a Ousouyee.

[Los sept-place son peugeots 504 de siete plazas del año del cólera. El funcionamiento del servicio es sencillo (Muy parecido al que había visto en Tunez, aunque allí eran pequeñas furgonetas), se reúne la gente que quiere ir a un sitio y cuando se llena, se pone en marcha el invento.]

Tras que me quisieran cambiar de coche varias veces (soy blanco y tonto, y esto significa más dinero), y haber visto mi mochila zarandeada de un lugar a otro, el sept-place se llenó y nos pusimos en marcha atravesando un paisaje fascinante: sabana y manglares. Había militares en la carretera y nos pararon brevemente en un control, proseguimos la marcha y el conductor casi se pasa del pueblo en el que yo quería bajarme, me dejó en las afueras pero afortunadamente mucho más cerca del lugar en el que iba a quedarme.

Comenzar a dar pasos por un camino rural africano por primera vez en la vida, sin saber muy bien hacia donde vas, y con la fé puesta en que has entendido medianamente bien a la persona que te ha dado las indicaciones en francés hace unos minutos, es una de esas cosas que hay que hacer en la vida.

Mi destino era el Campement Emanaye hasta el que me acompañó una niña de unos quince años que me encontré por el camino. No tenía monedas y le di un billete de mil francos (un euro y cincuenta céntimos) en señal de agradecimiento. Se puso contentísima, no se lo creía.

[Los campements villageois son alojamientos de estilo tradicional construidos y regentados por residentes locales y que reparten parte de sus beneficios con la comunidad local, funcionan desde los años setenta y pueden encontrarse incluso en lugares muy remotos de Casamance. Aunque modestos, son preciosos y están muy bien integrados con el medio: El campement Emanaye de Oussouye es una bonita edifición de adobe y éste de cachouane es una case à impluvium con techo de madera de mangle y palmera palmira.]

Llamé a Benjamin y se paso al rato por el campement justo cuando yo iba a comer, nos presentamos y dispusimos en un momento la ruta: al día siguiente tras ver al rey de Oussouye pasaríamos por Mlomp (su pueblo natal) y luego nos dirigiríamos a Elinkine desde donde cogeríamos una piragüa hacia la isla de Carabane, dormiríamos allí una noche y al día siguiente tomaríamos una lancha hacia Cachoaune, luego haríamos a pie el camino hacia Djembering y al día siguiente utilizaríamos un coche para llegar a Cap Skiring cerca de la frontera con Guinea Bissau, desde este punto volveríamos a Ziguinchor donde nos despediríamos y yo retomaría el camino hacia Dakar.

Hemos respetado fielmente la ruta, aunque nos quedamos dos días, a petición mía y de mi estómago, en la isla de Carabane, ahora, como decía al comienzo, estamos en Cachouane en el Campement Sounka donde por fin he encontrado un rato para escribir.

Nunca antes había tenido un guía que estuviera conmigo todo el día; desayunamos juntos, comemos juntos, cenamos juntos, dormimos juntos. Tengo muchas sensaciones mezcladas, hay momentos en los que me siento un viajero “elegante” del siglo XIX, por más que yo mism cargue mi mochila y la servidumbre termine en la orientación no deja de ser extraño tener a una persona todo el día a tu disposición. En un grupo esta sensación se difumina (recuerdo cuando contratamos a un tripulante para navegar por Croacia) pero cuando estás solo se crean situaciones curiosas.

Hay momentos en los que siento que me terminaría acostumbrando a la gente, a este paisaje, a este calor, a esta humedad. Esta tierra te atrapa por más que todo te recuerde contínuamente que literalmente no estás en tu medio. Yo no creo ser para nada un inepto ni un miedica, pero África me supera. Una cooperante me lo resumió de esta forma:

–Puedes manejarte aquí. Vamos, que aprenderás a desplazarte, a comprar y a hacer todas esas cosas básicas y no tan básicas que necesitamos para sobrevivir. Lo pasarás mal y bien como en cualquier otro sitio, y aprenderás mucho, pero olvídate, no vas a acostumbrarte. No conozco a nadie que lo haya hecho.

Quizás exageraba, pero siento que sus palabras expresan una verdad, aunque sea con minúsculas.

[Vas cruzándote con muchísimas personas y no te da tiempo de incluirlas a todas en lo que escribes. Un abrazo grande para el grupo que me encontré en el hotel cap ouest: Enrique, Chencho, Isabel, María del Mar… otro para el grupo de amigos catalanes con los que coincidí en un cibercafé en Oussouye. Un beso enorme a María y a su padre Fernando, grandes viajeros, no dejamos de recomendarnos libros en aquel desayuno del Hotel Carabane. No recuerdo el nombre de la madre de María, un abrazo también para ella y para Araceli y todas las chicas de la ONG que estaban en la isla de Carabane, había otro chico catalán encantador que no recuerdo como se llamaba.]

Publico este texto desde Cap Skiring cerca de la frontera de Guinea Bissau, comienzo mi vuelta al norte mañana.