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Jonay en Tenerife en abril de 2002

Me acabo de encontrar esta foto. Es precisamente a la que me refería hace prácticamente 10 años cuando comencé a escribir este blog: Mi hermano (Abril de 2002). Cuánta vida, cuántas vidas, y que rápido pasa el tiempo. A mi hermano lo sigo queriendo tanto como entonces, y afortunadamente lo veo mañana, estoy muy contento.

Acabo de recibir un email de mi madre:

Hoy a muerto uno de los mejores tenores del mundo. Y como homenaje les envío un correo con las dos cosas que mas amo de Italia : La ciudad de Venezia y la voz de Pavarotti.¡Ciao Luciano!

Gracias mami, nunca terminaré de agradecerte todo lo que has hecho por mí. Te quiero.

Pavarotti en Wikipedia.

Para Paco Pelluz, mi padre.

Siempre me acuerdo de mi padre en los aeropuertos. Él lleva toda la vida obsesionado con perder el vuelo.

Cuando era pequeño y viajar era un acontecimiento más o menos cotidiano, pasábamos horas en estos hangares extendidos y modernizados. No recuerdo con detalle en que empleaba el tiempo, pero fuera lo que fuera, estoy plenamente convencido de que ha dejado una huella indeleble en mi personalidad. Esperar ha construido mi carácter. (más…)

desde Tenerife

Lo escribí anoche sentado en la cama.

Resulta siempre extraño volver a casa. Dormir en tu cama de cuando eras más pequeño, ver de nuevo a tus padres, tener una conversación cualquiera con un antiguo conocido al que ya ni siquiera sabes que decirle.

La vida ha seguido aquí su curso, sin ti. Una pena, te dices. Y te das cuenta, de que quizás, en cierto sentido, estabas de más.

Vivías por aquí, ésta era tu tierra, pero de nada te sirvió, ya no existes. Cuando vuelves eres como un fantasma, no eres del todo real, y que te quieran o te aprecien no lo soluciona. De alguna forma vas a traicionarlos a todos en unos días, te iras, para no volver quizás en años. ¿Y a quién le importan los fantasmas?

La gente que se va no es tan gente como la gente que se queda. Es como si todos estuvieran aguantando un gran peso y tú vinieras a ver como lo aguantan, dieras unos cuantos besos y unos cuantos abrazos y de nuevo te fueras sin ni siquiera haber colaborado por un momento a soportar la carga.

Y después de todo es mejor, más sincero, ya no se puede confiar en ti, en tu fuerza, mejor que te vayas por donde has venido… ya te fuiste una vez y nos dejastes solos, no vengas ahora a jugar…

Algo de esto te retumba en la cabeza. Y no, no es así y seguro que no es cierto lo que digo, o quizás sí… lo que es seguro es que ya es tarde y de nuevo la isla me vuelve a confundir con sus brumas.

Cierro los ojos y sueño con la mujer que amo.

Dos chicos caminan por una calle, uno mira al suelo, quizás buscando algo en el vacío que se extiende de su cara a las baldosas, el otro mira a la derecha (y en este mirar hacia un lado hay toda una pequeña historia: el reflejo de la luz en la luna de un coche le hizo apartar la mirada del frente, el giro fortuito le llevó a encontrarse con el escote de aquella chica, que ahora se aparta de la escena, pero que hace unos segundos recogía un bolígrafo del suelo).

Yo miro a estos chicos unos metros más atrás; el sol de la mañana les da de frente y sus sombras alargadas llegan hasta mis pies. Pongo una rodilla en el suelo, y aprieto el disparador.

Ésta es la descripción de una foto. No hay nada de lo que una foto dice porque no la ves. Aparecen algunas de las cosas que el encuadre limitado de la cámara hace desaparecer.

Uno de los chicos de la foto es mi hermano. Todo mi amor por él no aparece en la foto.

Debo seguir disparando.